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Sunday, October 02, 2005
  Mi nombre es nadie


Biografía no autorizada de Leo Oyola

Leo Oyola, mientras cursaba las últimas materias de sus estudios en ciencias de la comunicación, ganó un concurso organizado por una revista especializada y una radio de efímera existencia. Con apenas 22 años, entre más de quinientos aspirantes, se lo declaró algo así como “mejor exponente joven del cuarto poder 1996”. El premio consistía en una pasantía en ambos medios que -concluidas tras dos meses de “flaco corregime esto”, “nene llamá a fulanito” o el más confianzudo “negro ¿cómo que todavía no pasaste por la discográfica?”-jamas logró materializarse en un empleo efectivo.

Sin embargo, una guitarra autografiada por todos los músicos de Bon Jovi y un “pibe, la verdad que sos muy bueno en lo tuyo, una lástima que no te podamos ubicar en ningún lado” sirvieron para alentar la utopía. “Pase lo que pase, voy a seguir escribiendo… total, llegado el caso, vendo la guitarra…. Ojalá se muera Bon Jovi ¡así me pagan más guita todavía!”.

Se recibió de licenciado –solo el Chaparrón Bonaparte de Chespirito lo llamaría por el título- al mismo tiempo que se desempeñó como crítico de cine; tarea cuyo pago radicaba en ver películas gratis. Su más de un centenar de reseñas ad honorem sirvieron de puntapié inicial para algo mucho mejor. Frente a la PC también se podían crear mundos.

El inicio del 2003 marcó el quiebre. Vacaciones, merecidas vacaciones, después de casi tres años en las que escuchó a Alberto Laiseca en una librería narrar un segmento de los Sueños de Akira Kurosawa y después leyó La hija de Kheops. Así fue como empezó la búsqueda de Oyola por crear historias y personajes tan entrañables como Cetes y Tofis. Primero fueron los cuentos. En el medio se colaron solo dos poesías. Después llegaron las novelas.

Viajar bien puede ser una pretérita condición sine qua non para la mayoría de los escritores; y Oyola no escapó de esa regla. Su andar por Estocolmo, Atenas, París, Berna, Bruselas y demás calles de Isidro Casanova y otros puntos de La Matanza son algo característico en sus relatos iniciales a los que se suma otro factor preponderante: el de la noche y las reglas a seguir durante sus horas, cuando los demás duermen.

Oxidado y Copate – Nadie hace nada de onda son buenos ejemplos. Pero esta producción corría riesgo de sufrir lo mismo que sus críticas de cine. Las abandonó antes de caer en una reiteración sistemática gracias al elseword que significó escribir Fui consumiendo infiernos, un relato policial que transcurre durante la Revolución Rusa. Hay quienes afirmarán que no es más que la misma mierda en diferente época. Será cuestión de animarse a revolverla entonces.

La primera novela de Oyola,
Siete y el Tigre Harapiento es un thriller con apuntes de grand-guidnol ambientada en la Buenos Aires de finales del Siglo XIX. Presentada en la VII Edición del Premio Clarín de Novela 2004 fue finalista y obtuvo la tercera mención del jurado entre 815 manuscritos. La segunda, Hacé que la noche venga, coquetea con el género fantástico en una historia que ocurre en las excavaciones que se realizaron en el invierno del ’39 para alargar el recorrido de la línea D de subterráneos hasta Palermo.

Como podrá apreciarse, sus escritos adhieren a la política de titulación sensacionalista-cultural, un vicio que Oyola no puede abandonar de su formación como periodista. Esos guiños por parte del autor linkean a sus gustos personales. Los capítulos de “Siete…” tienen los nombres de los trece temas del álbum de bodas de Duran Duran, conservando el mismo orden de ese trabajo discográfico; mientras que los de
Hacé… remiten a series clásicas del far west como Bonanza, Cuero Crudo, Gunsmoke o El Hombre del Rifle.

La educación de Leo Oyola arranca con el
Increíble Hulk televisivo de Bill Bixby & Lou Ferrigno. Sería una injusticia olvidar al implacable Sr. McGee. Continúa años después con el cómic del personaje homónimo guionado por Peter David -lo que no se perdona es la transposición cinematográfica de Ang Lee- además de la lectura –bienvenida y obligatoria- de El Eternauta y las obras de Frank Miller y Alan Moore en historietas. Robotech (la primera y la tercera generación) junto con las cinco temporadas de División Miami y el duelo a muerte que se juraron Ray Luca y Mike Torello. Tu, mi conejo & yo, con Jerry Lewis; las películas de terror presentadas por Narciso Ibáñez Menta en Canal 13, Trasnoche Aurora Grundig en ATC; y westerns, westerns y más westerns. La filmografía de Leonardo Favio, la de Scorsese, todo Carpenter –incluido El Diario de un Hombre Invisible con Chevy Chase-; el Besson de Subway, Nikita & el Perfecto Asesino; más el John Woo de Un Mañana Mejor o Una Bala en la Cabeza. Los libros de Laiseca, la trilogía de Nueva York de Paul Auster, John Steinbeck, Stephen King, Antonio Tabucchi, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, El Muchacho Peronista de Marcelo Figueras y la Muchacha Punk de Fogwill entre otros; volviendo una y otra vez a Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, El Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle –elemental- y las tierras lejanas descriptas por Henry Ridder Haggard en sus libros.

Actualmente Oyola vive con su mujer, Leticia, su hijo Ramón y su gata, Tacuba, en un departamento que alquila en el Oeste del Gran Buenos Aires. Cuando el bebé no llora y el animal no está en celo, por las noches trabaja en los primeros acordes de
Canciones de Fe & Devoción, ambicioso primer libro de lo que él planea será la Tetralogía del Lobo, donde los indios patagónicos además de enfrentarse a las enfermedades traídas por los europeos, la zanja de Alsina y las campañas militares comandadas por Roca, se las tendrán que ver con otro enemigo inesperado: la licantropía.

Mientras tanto, Bon Jovi sigue editando discos cada vez más malos sin alcanzar sus, otrora, astronómicas cifras de venta. Y Leo Oyola, ya no le desea la muerte.


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