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Tuesday, September 27, 2005
  Azul Eléctrico

Por Leonardo Oyola


“…siempre me pregunté el porqué de esa decisión final: morir con los ojos abiertos o con los ojos cerrados. ¿Significan los ojos abiertos que en el último segundo de vida se contempla algo demasiado hermoso o, por el contrario, los ojos cerrados quieren decir que lo que se vislumbra del otro lado es algo tan terrible que resulta preferible la oscuridad tras la cortina de los párpados?”

Rodrigo Fresán. Jardines de Kensington.
Literatura Mondadori. Marzo de 2004.


Miro, hipnotizado, la llama encendida sobre mi trago; tildado por una duda de carácter cromático: ¿cuál será el verdadero color del infierno? No sé el porqué de mi repentina negación hacia el consensuado, universalmente, colorado. Así es que me encuentro arqueando las cejas mientras me convenzo de que tal vez el sabor del Satanás me ayude a despejar la incógnita. La palma de mi mano izquierda apaga el incendio y tras darle un buen sorbo a mi vaso, definitivamente atragantado por la bebida, deduzco dos cosas: todavía me faltan más noches para que mi garganta sea ducha en alcohol y encima no tengo la edad como para andar pensando en lo que viene después, por más que sea conciente que el hecho de haber empezado la joda temprano me va a terminar haciendo cumplir condena aún siendo pendejo.

Le estoy dando la espalda a la única pista de este antro en Moreno, donde un dj anacrónico se luce pasando canciones que alguna vez escuché tararear a mis maestras del jardín de infantes cuando ellas tenían la edad que ostento hoy: donde las que aún siguen solteras de ese grupo se dan cita junto con aquellas que cargan la misma cruz intentando disimular la proximidad de las cuatro décadas, mintiéndose mutuamente un milagro que nunca va a pasar; ahí donde todos los hombres tenemos tres piernas y la queremos jugar de Patrick Swayze; cuando Patrick Swayze en este boliche de mierda hay uno solo y ese soy yo: el único en todo el oeste que cuando baila les hace creer la mentira escribiendo con los pasos de mis heredadas y jurásicas botas tejanas “te deseo”.

Soy fácil de distinguir, no solo por mi juventud. Menudo favor me hacen los chóferes que terminaron sus turnos y ni siquiera se cambian la camisa celeste para disimular que andan de trampa. También se las debo a los que sonríen y les faltan dientes, a los que se les ve y huele la transpiración, a los mareados por la curda y a los que se pasaron con la frula, a los que están ahí jurándose que durante el próximo tema van a encarar a esa y que sea lo que Dios quiera, aquellos que una timidez galopante jamás le va a permitir cabecear ningún centro al área, los que se quedan en off side declarado por sus conocidos mudos temores.

La obra que interpreto está en cartelera hace un buen rato. Es el show de un hombre solo. Me da pie para que entre una cómplice Belinda Carslyle cuando también miente en la intro cantando a capella que El paraíso es un lugar en la tierra. Me toma tan solo medio minuto. Treinta segundos. Tiempo suficiente para hacer contacto visual con quien me va a dar de comer esa noche. Ella piensa que la elijo en ese instante. En verdad la vengo estudiando desde que entró. Siempre busco a las que llegan en barra y terminan solas mientras sus amigas hace rato están dando lástima con sus Travoltas obesos al borde del geriátrico, falsas promesas de calmarles la fiebre del sábado a la noche que les moja los labios que esconden sus piernas.

Cuando me acerco, cuando incrédulas me ven venir, recuerdan como mínimo la vez que tomaron la primera comunión, esa enseñanza aprendida en las clases de catequesis o en algún sermón perdido de misa. Creen, necesitan creer fervientemente, que los últimos serán los primeros. Por eso nunca me dicen no.

Las llevo al centro de la pista de baile, pasándole una mano por la cintura. Ubicados debajo de la esfera de espejos nos convierto en la atracción principal. Aferro sus diestras en la palma de mi zurda, y las atraigo contra mi cuerpo haciéndolas avanzar un paso para después perseguirlas yo con el mismo movimiento, dando vueltas en círculos; así, hasta que las noto más sueltas.

La mayoría tiene un deja vú con el vals de los 15, y la que no tuvo fiesta imagina que esa es la sensación más cercana a lo que se perdió.

Otras, pobrecitas, piensan en el vals que hubieran bailado de haber llegado al altar.

Siempre viene a darme una mano la cantante de Roxette. Me acerco más a ellas y me pongo algo mimoso haciendo los coros del estribillo. Les pregunto si entienden la letra y no espero respuesta para recitárselas en castellano: “me encanta cuando con tus manos me hechizas (un hocus pocus le dedicas a mi piel) / la manera en que me tocás ¿loca tenés el poder de curar? / (Rubia, morocha, pelirroja, lo que este de turno) Me das esa impresión: sos casi irreal...”, les declaro susurrándoles al oído; y las remato cuando Divinyls y su masturbatorio “I touch myself” hacen que la madrugada arda. Tengo la rodilla más traviesa del lugar y no le cuesta nada colarse entre sus piernas con descuido estudiado. Ahí bien cerca, mi boca ya no habla, besa, siempre primero sus cuellos. Que pueda catar el sudor de mis compañeras de baile siempre es buena señal para mis intenciones. Que en el espejo de la barra vea como cierran los ojos o como “las chicas” con las que vinieron de gira las vitorean también ayuda.

Para cuando suenan por los parlantes Gene Loves Jezabel y su Motion of love ya estoy en el reservado asegurándome que no haya vuelta atrás; haciéndoles entender que el fraude no es Cenicienta sino el Príncipe Azul. Que piensen en las caras de sus amigas cuando abandonamos la pista de baile. Lo que estarán comentando en ese momento. Que algunas las envidiarán sanamente y otras no. Al fin y al cabo ellas son las que se ganaron el premio mayor de la noche. Ellas fueron las que pudieron conmigo. No cobro mucho por lo que hagamos ahí. Si les da para ir a un telo tampoco mi tarifa es privativa. En definitiva ellas vienen buscando lo que yo les doy. Terminan pagando, sí; pero no regalándose a un pirata colectivero barrigón de camisa celeste o a un desesperado y famélico flaco desdentado.

“Soy Patrick Swayze todos los viernes y sábados a la noche con sus respectivas putas madrugadas. Conmigo Dirty Dancing en SEM de Moreno”; me repito una y otra vez mientras finjo pasión concentrándome en mantener erguida a mi tercer pierna, la que oculta mi bragueta, la que cobra por el servicio prestado.

“Soy Patrick Swayze… conmigo dirty dancing”, me sigo convenciendo mientras una clienta me lustra con la lengua el único de mis tres pies que no calza botas tejanas.

“Soy Patrick Swayze…”, creo; me afirmo escuchando los lentos americanos que nunca bailo, dejando de ver la maraña de pelos quemados por la tintura que suben y bajan de mi pelvis para concentrarme en las imágenes de los televisores. Siempre pasan algo bueno o por lo menos mejor a lo que yo, obligado por dinero, tengo que ver.

“Soy Patrick Swayze…”, añoro; antes de volverme a preguntar en esta fucking noche de que color es el infierno.

Y por estar atento, la respuesta me la develan la canción con la que se sale de su repertorio habitual nuestro dj, y el canal Retro, mudo, en las pantallas de TV pasando el capítulo cero de Twin Peaks.

El rostro de Laura Palmer me choca como la primera vez que lo vi en Canal 9. Son más de diez años desde ese miércoles, seguro, y todavía me impacta. El cuerpo ausente envuelto en esa bolsa de plástico transparente y azulada aparentando una decapitación; donde la cabeza no posee control sobre la larga melena rubia oscurecida por el agua que serpentea esculpiéndola; tampoco sobre el escaso canto rodado que salpica la frente o esos ojos cerrados, aparentemente, para siempre.

No es un ángel. Sí, una gárgola. Por eso me enamora.

“Are you hiding somewhere behind those eyes?” le pregunta Icehouse en SEM, y entonces lo comprendo: el infierno es azul... azul eléctrico como los ojos ocultos de Laura Palmer; electric blue, como esa puta canción; azul, como las paredes aterciopeladas del reservado.

Vengan a bailar a Moreno. ¿Conmigo? Dirty dancing.
En la barra pídanse un Satanás.
Laura Palmer vive.
Soy Patrick Swayze… estoy muerto.

 

Laura
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Laura Palmer no ha muerto

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